Sesión 11ª del Grupo Presencial La Calle-Valdemoro del 23 de Septiembre de 2016 “El Zigoto equivocado”.


La incomprensión la falta de empatía o el rechazo más absoluto por parte de la familia en algún momento de nuestra vida es algo de lo que compartimos el pasado viernes en nuestro grupo presencial de SLHH de Valdemoro. Muchas veces nos hemos sentido así, y quizás hayamos deseado estar en otro sitio y con otras personas. Porque quizás ese sentimiento de incomprensión nos ha llevado a pensar que es posible que estemos con la familia equivocada. Por eso, evocando el cuento de Clarissa Pinkola, “El zigoto equivocado”, no nos es creíble que nos hallamos confundido, sino que es nuestra sensación de singularidad la que nos permite salir a campo abierto y decidir que otra manera de vivir y de hacer las cosas son posibles. Ese sentimiento de incomprensión lo hemos podido suplir algunos con fuerza interior. Esta fuerza ha sido muchas veces nuestra mejor aliada. Y comprobando este hecho con estos hombres a los que hemos confiado poder expresarlo, nos hemos dado cuenta de que no estamos solos, y que otros como nosotros han estado viviendo de alguna manera u otra en esta sensación de extraños en el mundo, de estar como un zigoto equivocado.

 

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Foto: Migue Uceda.

 

Este cuento esta dirigido a las mujeres. Pero me ha parecido igualmente adaptable a esa zona salvaje e inexpugnable que es nuestra zona más sagrada de nosotros mismos, ya sean mujeres o hombres como nosotros.

 

“El Zigoto equivocado”

¿Te has preguntado alguna vez cómo te las arreglaste para acabar en una familia tan rara como la tuya? Si has vivido tu existencia como una forastera, como una persona ligeramente extraña o distinta, si eres una solitaria y vives al borde de la corriente principal, tú has sufrido. Y, sin embargo, también llega un momento en que hay que alejarse remando de todas estas cosas, conocer otra posición estratégica, emigrar a la tierra que nos corresponde.
Deja ya de sufrir y de intentar averiguar dónde fallaste. El misterio del porqué naciste como hija de quienquiera que sea ha terminado, finis, se acabó. Descansa un momento en la proa y refréscate con el viento que sopla desde tu patria.
Durante muchos años las mujeres que llevan la mítica vida del arquetipo de la Mujer Salvaje se han preguntado llorando en silencio: “¿ Por qué soy tan distinta? ¿Por qué nací en una familia tan extraña [o insensible)?” Dondequiera que sus vidas quisieran brotar, había alguien que echaba sal en la tierra para que no pudiera crecer nada. Se sentían torturadas por todas las prohibiciones que iban en contra de sus deseos naturales. Si eran hijas de la naturaleza, las mantenían bajo un techo. Si eran unas científicas, les decían que tenían que ser madres. Si querían ser madres, les decían que no encajaban en absoluto con la idea. Si querían inventar algo, les decían que fueran prácticas. Si querían crear, les decían que las tareas domésticas de una mujer nunca terminan.
A veces intentaban ser buenas y adaptarse a las pautas imperantes sin darse cuenta hasta más tarde de lo que realmente querían y de lo mucho que necesitaban vivir. Después, para poder tener una vida, experimentaban las dolorosas amputaciones de dejar a sus familias, los matrimonios que habían jurado conservar hasta la muerte, los trabajos que hubieran tenido que ser los trampolines hacia algo más entontecedor pero mejor remunerado. Dejaban los sueños diseminados por todo el camino.
A menudo las mujeres eran artistas que procuraban ser razonables, dedicando el ochenta por ciento de su tiempo a actividades que mataban su vida creativa a diario. Aunque los guiones eran muy variados, todos tenían un elemento en común: a muy temprana edad se las calificaba de “distintas” con connotaciones peyorativas. Pero, en realidad, eran apasionadas, individualistas e inquisitivas y todas estaban en su sano juicio instintivo. Por consiguiente, la respuesta a los por qué yo, por qué esta familia, por qué soy tan distinta es naturalmente la de que no hay respuestas a tales preguntas. No obstante, el ego necesita algo que llevarse a la boca antes de seguir adelante, por cuyo motivo yo propongo tres respuestas a pesar de todo. (La mujer sometida a psicoanálisis puede elegir la que guste, pero tiene que elegir una. Casi todas eligen la última, pero cualquiera de ellas es suficiente.) Prepárate. Aquí las tienes.
Hemos nacido tal como somos y en las extrañas familias por medio de las cuales vinimos a este mundo, 1) porque sí (eso casi nadie se lo cree), 2) el Yo tiene un plan y nuestros diminutos cerebros son demasiado pequeños para comprenderlo (a muchas les parece una idea esperanzadora) o 3) por culpa del Síndrome del Zigoto Equivocado (bueno… sí, tal vez… pero ¿eso qué es?).
Tu familia cree que eres una extraterrestre. Tú tienes plumas y ellos tienen escamas. La idea que tú tienes de la diversión son los bosques, los espacios agrestes, la vida interior, la majestuosa belleza de la creación. La idea que tiene tu familia de la diversión es doblar toallas. Si eso es lo que ocurre en tu familia, eres víctima del Síndrome del Zigoto Equivocado.
Tu familia se mueve muy despacio a través del tiempo, tú te mueves con la rapidez del viento; ellos son locuaces y tú eres reposada, o ellos son taciturnos y a ti te gusta cantar. Tú sabes porque sabes. Ellos quieren pruebas y una tesis de trescientas páginas. No cabe duda, se trata del Síndrome del Zigoto Equivocado.
¿Nunca has oído hablar de él? Verás, el Hada de los Zigotos volaba una noche sobre tu ciudad mientras todos los pequeños zigotos que llevaba en el cesto brincaban y saltaban de emoción.
Tú estabas destinada en realidad a unos padres que te hubieran comprendido, pero el Hada de los Zigotos tropezó con una borrasca y, zas, te caíste del cesto y fuiste a parar a una casa equivocada. Caíste de cabeza en una familia que no te estaba destinada. Tu “verdadera” familia se encontraba cinco kilómetros más allá.
Por eso tú te enamoraste de una familia que no era la tuya y que vivía cinco kilómetros más allá. Tú siempre pensabas que ojalá el señor Fulano de tal y su esposa hubieran sido tus padres. Es muy probable que, estuvieran destinados a serlo.
Por eso tú bailas el claqué por los pasillos a pesar de pertenecer a una familia de adictos a la televisión. Por eso tus padres se alarman cada vez que tú regresas a casa o los visitas. ” ¿Qué es lo que va a hacer ahora? —se preguntan, preocupados—. ¡La última vez nos avergonzó y sólo Dios sabe lo que va a hacer ahora!” Se tapan los ojos cuando te ven acercarte y no precisamente porque la luz que tú despides los deslumbre.
Tú sólo quieres amor. Ellos sólo quieren paz.
A los miembros de tu familia, por motivos personales (por sus preferencias, por su inocencia, por las heridas sufridas, por constitución, enfermedad mental o deliberada ignorancia) no se les da muy bien la espontaneidad con el subconciente y, como es natural, cuando tú vis1—tas la casa evocas el arquetipo del bromista, del que arma)aleo. Por consiguiente, antes de partir el pan juntos, la bromista experimenta el irreprimible deseo de arrojar un cabello al estofado de la familia.
Aunque tú no pretendas molestar a los miembros de tu familia, ellos se molestan de todos modos. Cuando tú apareces, todo y todos se vuelven locos.
Un signo inequívoco de la presencia de zigotos salvajes en la familia es el hecho de que los padres se sientan constantemente ofendidos y los hijos tengan la sensación de no hacer nunca nada a derechas.
La familia que no es salvaje sólo quiere una cosa, pero el Zigoto Equivocado nunca consigue averiguar lo que es y, aunque lo averiguara, se le pondrían los pelos tan de punta como signos de exclamación.
Prepárate porque te voy a contar el gran secreto. Eso es lo que ellos quieren realmente de ti, eso tan misterioso y trascendental.
Los que no son salvajes quieren que seas consecuente. Quieren que hoy seas exactamente igual que ayer. Quieren que no cambies con el paso de los días sino que permanezcas siempre como al principio.
Pregúntale a la familia si desea una conducta consecuente y te contestarán afirmativamente. ¿En todo? No, dirán, sólo en las cosas importantes. Independientemente de lo que sean las cosas importantes en su sistema de valores, con frecuencia son anatema para la naturaleza salvaje de las mujeres. Por desgracia, “las cosas importantes” para ellos no coinciden con “las cosas importantes” para la hija salvaje.

Clarissa Pinkola

 

 

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